Amar como antes de la primera grieta

La vida pasa y nosotros, inevitablemente, somos nuestras heridas. Las malas experiencias y amarguras son las que más nos van delineando el carácter y sacando lo peor o mejor de nosotros según sea el caso. Así sucede en todos los campos de la vida y hay quienes lo llaman experiencia.

Y bueno, en los terruños que competen al corazón no hay excepción: después de uno que otro accidente que nos hace pedazos el alma y del que juramos que nunca nos vamos a levantar, uno se va volviendo precavido, cauteloso. Vamos midiendo el terreno porque ya sabemos que nadie nos cuidará como nosotros, que nadie nos respetará si no nos respetamos y que el amor es dar y recibir por partes iguales, y bla, bla bla.

Y está bien… supongo. Supongo que así debe de ser, aunque confieso que a veces tengo nostalgia de enamorarme como cuando era prácticamente una niña romántica y no sabía que el desamor dolía.

A veces sería padre amar sin precauciones, sin tener memoria de las heridas que ese chico que tanto nos gustaba en el colegio se burló de nosotros frente a toda la clase; o antes de que la más hermosa estudiante del salón hiciera gala de su tremendo desprecio hacia el tímido del grupo; deberíamos amar como antes de ver a ese novio de la prepa irse en el auto con otra alumna, dejándonos el corazón roto; o antes de darnos cuenta que ese joven al que en medio del fervor le entregaste tu virginidad (porque sí, recuerden que durante una época eso era importante) no nos volvería a llamar una vez que iniciara el verano.

Deberíamos de amar como si no supiéramos qué se siente odiar a alguien a quien tanto quisimos; como si contactar un abogado de divorcio o sacar del cajón de tu ropa la ropa de la amante de tu pareja no nos hubiera marcado; deberíamos amar como si no supiéramos lo que se siente empacar tus cosas y meter toda tu historia en unas cuantas maletas para poner final a esa historia que tan bonita parecía. Deberíamos de amar como si no supiéramos qué se siente revisar el teléfono mil veces esperando que llegue ese mensaje que nunca llegará.

Deberíamos amar como si no supiéramos que el amor puede llegar a necesitar  jueces, sacerdotes, rabinos, ministros, abogados, sicólogos, terapeutas de pareja, siquiatras,  cuentas de banco, familias rotas, niños afectados, doctores, intentos de suicidio, vasos y vasos de alcohol, canciones que hacen llorar, puertas cerradas, días enteros en cama sin ánimo de nada.

Deberíamos de amar sin miedo a que somos quien más ama, sin conocimiento de que la pasión pasa, de que la rutina llega, de que el enamoramiento es temporal. Deberíamos de amar como si ignoráramos que estamos poniendo en manos de otra persona lo más preciado que tenemos. Deberíamos de amar como si ignoráramos que nuestros actos y el camino de nuestro bienestar muchas veces también ha roto corazones; deberíamos, al menos una vez, ignorar que la felicidad siempre cobra facturas. Deberíamos amar con devoción, con locura, con más pasión y menos ego, con la inocencia de un niño, con la ternura de un cachorro; sin que la idea del desamor nos hiciera sombra.

Deberíamos…

FELICES PASOS

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