Oye, cuarentona

¿Verdad que, por alguna razón, ahora el café sabe mejor?

Tal vez, no sé, ahora sabe a calma. A esa calma que llega luego de todas las tormentas por las que ya pasaste.

¿Verdad que es una belleza haber llegado hasta aquí? ¿Verdad que es mejor de lo que te contaban? Llegaste, tal vez no entera, porque vaya que hubo cosas que te fragmentaron, pero llegaste ya con esa capacidad que cuatro décadas en el mundo te ayudaron a desarrollar, de reconstruir tus pedazos sin hacer ruido.

¿Verdad, cuarentona, que es mucho mejor que aquella estúpida canción que oías de joven?, ¿verdad -señora de las cuatro décadas- que hay una diferencia abismal entre madurez y vejez?  Arjona y su hit de aquel verano mintieron en todo porque hoy, cuarentona, tienes algo que no tenías a los 20 y es que, después de tantas batallas, algunas ganadas y otras perdidas, lo lograste: hoy te sientes bien contigo. Hoy tienes paz y esa paz proviene solo de ti. De las veces que te lamiste las heridas tu sola, de las incontables ocasiones en que tuviste que quedarte callada -por joven, por débil, por insegura, por guardar las formas-, de las veces que jalaste aire y hecha pedazos seguiste adelante. De las veces que sonreíste y nadie notó la guerra que había dentro de ti.

¿Qué va a saber aquella canción tan llena de clichés de lo que es, por fin, tener el control de lo que sientes, de lo que ganas, de lo que pierdes, de la elección de tus batallas? 

Recorriste ya más de la mitad de tu vida pero lejos de sentir miedo, te da poder. Porque ya no estás para perder el tiempo, ni para hacer las cosas mal, como -ahora lo reconoces- lo hiciste tantas veces. Ahora, ya no le dedicas tiempo bueno al malo, ya no cedes a los chantajes, ya eliges tus batallas. Ahora que tu figura no es espectacular, mira, qué curioso, te gustas más, pero además ya sabes lo que mereces; ¡y vaya que te ha costado años enteros de tragarte lo que no te merecías!, ¿te acuerdas?, de ese trabajo mediocre que te daba pánico perder, de esa relación en la que tanto diste con la esperanza de que un día te correspondieran; de esa infidelidad que dejaste pasar de largo por miedo a quedarte sola; de esa amistad que tanto te quitaba pero te hacía sentir la mala del cuento el hecho de mandarla a la mierda; de esa relación tan a medias en la que “por amor” aceptabas estar en las sombras; de ese matrimonio  tan mediocre que convertiste en una escenografía por tus hijos, de ese tremendo peso de hacer lo que se debía hacer sin tener en cuenta si te hacía feliz, o no.

Ahora, cuarentona, ya sabes que no hay más responsable que tú, independientemente de quien haya tenido la culpa, a la hora de seguir el camino. Ya fracasaste tanto, ya te rompieron tantas veces el corazón, que puedes dar fe de que nadie se muere de eso. Ahora recuerdas casi con ternura todas las veces que literal sentías que morirías de mal de desamores. ¿Verdad que no era para tanto, cuarentona?, 

Te viniste a dar cuenta ahora, que valoras más los momentos simples y buenos; ahora que el 2020 te obligó a sentarte solo contigo. Ahora, cuarentona, que las resacas duran más, que el ejercicio requiere el doble de esfuerzo para ver la mitad de resultados. ¿Quién lo diría? Ahora que tu piel empieza a perder firmeza, tus decisiones son más firmes que nunca.

Ahora, que ya has pasado tantas veces por tus propios procesos de reinvención. Y no era como te lo contaron. Hoy sabes que reinventarse es un acto tan íntimo que a veces se resuelve con cambiarse el color de uñas, mientras que otras has tenido que sacar fuerza de sitios que no sabías para lograr cosas que jamás imaginaste. Ahora, ¿quién te va a venir con cuentos a ti, cuarentona?

 A ti, que ya sabes que la vida no es -por suerte- como la imaginabas. A ti que ahora sabes lo agotador que es intentar controlarlo todo. Ya te tocaron injusticias y regalos del cielo, ya fuiste víctima y victimaria; y lo piensas ahora, en retrospectiva, mientras ves cómo el paso del tiempo empieza a causar estragos en tu estado de ánimo. Las hormonas volvieron, cuarentona, como cuando eras una chiquilla que podía ahogarse en llanto viendo a su actor favorito en pantalla. 

Pero, mira qué curioso, ya no te da miedo. Por el contrario, ya aprendiste, ¡por fin!, a quererte. Qué injusta fuiste contigo al dejarte para después. Te quedaste al final de la fila porque primero el trabajo, la pareja, los hijos, la familia, las responsabilidades. Sí, te sientes algo en deuda contigo misma pero tampoco te lo reprochas porque, ¿qué ganas? 

Mejor te cuidas más, te quieres más, te mimas más. Porque te tomó tantos tragos amargos reconocer que nadie más va a ver por ti, que tarde o temprano tendrías qué madurar. ¿Quién te va a venir con cuentos ahora, cuarentona? Si ya sabes que eres capaz de darte lo que mereces, que tienes amistades de calidad, que eres tu mejor compañía,  ¿quién pretende que caigas en su trampa cuando por las muy malas aprendiste que, ni más ni menos,  mereces lo que das?

Qué orgullosa debes estar de ti ahora que te tomas el café con sabor a calma y mirando en retrospectiva te sientes casi indestructible. Ahora que tienes menos conocidos y más amigos. Menos reproches y más silencios perfectos. Menos junk food y más sobremesas. 

Ya no te urge nada, cuarentona. Y eso está bien porque tienes metas más claras aunque tal vez menos ruidosas. Ya sabes a quienes quieres y a quienes no quieres en tu vida. Ya sabes qué pasa cuando dejas que te mande el ego, la necesidad, la envidia; y qué pasa cuando actúas con la cabeza y el corazón en partes iguales.

Ojalá, cuarentona, te lo hubieran dicho en los 20 o en los 30,  (ojalá si estás en ese rango de edad leas esto y te ayude al menos un poco a sonreír en un mal día), ojalá no hubieras intentado ser tan perfecta, ni tan flaca, ni tan decente, ni tan bella, ni tan buena, ni tan chingona, ni tan nada. Ojalá, cuarentona, hubieras intentado como intentas ahora, ser simplemente tú. Con todas las cosas buenas y malas que ello implica.

Si ya aprendiste que quien te ama no es tu dueño, si por fin sabes poner límites y decir que no sin que te paralice el miedo, si has aprendido a ser tu mejor compañía, si lograste archivas los celos, las inseguridades y el afán de dominarlo todo, si ya te fuiste de donde no eras aunque tuvieras el alma hecha pedazos, si ya te diste topes por aceptar o rechazar aquella oferta de trabajo, si ya empezaste desde cero una, dos, tres… mil veces. Si ya hiciste eso, cuarentona, ¿qué miedo podrías tenerle a las arrugas en la piel?

Qué orgullosa debes estar de ti, cuarentona, por las tantas veces desde hace más de 20 años en que creíste o te hicieron creer que no podías. Y hoy estás aquí, limpiando tal vez un par de lágrimas, en una situación tal vez distinta a la que esperabas, pero con la certeza absoluta de que te tienes a ti; y con eso, te basta y te sobra. Bravo, cuarentona. ¡Lo lograste!

FELICES PASOS

 

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Autor: Violeta Verdú

Me gustan los tacones, me gustas tú

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