Fuiste duro, 2019.

Francamente no te recibí como lo tenía planeado. Y a tan solo 48 horas de haber llegado, ya me estabas poniendo una de las más duras pruebas a las que me he enfrentado.

Fuiste duro, 2019, mucho mas que los años anteriores; lejos de hacerme la víctima, sigo creyendo que pasé por episodios que bien me pudiste haber ahorrado. Pero, para serte sincera; tuve que estar ya instalada en tus entrañas, enredada con el pasar de esos segundos que en un parpadeo se convirtieron en meses, con mis propósitos sin cumplir, con metas no alcanzadas, con planes frustrados, con algunas cicatrices que por momentos todavía dolían, para darme cuenta que, mientras más me acercaba tu final, más se iban cumpliendo, uno a uno, los deseos que te pedí. (Vamos, que si hay queja no es por el “qué”, sino por el “cómo”).

Me di cuenta de pronto que, lo que yo creí que me habías arrebatado, no era más que el deseo cumplido de alejarme de todo aquello que no era para mí. Yo que me las daba de sabihonda vine a aprender gracias a ti, que es muy duro remover la mierda que lleva ya años pegada al zapato (estamos seguros de que aunque apesta, la queremos). Hoy, en la lejanía, pienso que debí haber aprendido la lección antes, y deshacerme sin tanto dolor de eso que me hacía convivir cada segundo con lo peor de mí.

Así fueron pasando tus minutos. Con muchos baches, algunas malas decisiones, otras malas compañías, cambios a los que le tenía pavor, y la sentencia permanente de que el tiempo se acababa y tú, 2019, seguías sin darme tregua.

No tenía idea de que, en tu recta final encontraría, de forma casi mágica, los “porqués” de algunas de las curvas más violentas de tu carretera.

No imaginaba tampoco encontrar a esa tercia de corazones que me arroparon a tan solo 50 pasos de mi casa; no sospechaba la increíble aventura que sería convivir con mi madre en esta etapa tan “adulta”; no sabía de las aventuras que el algoritmo me tenía preparadas; de las risas que me sorprenderían cuando menos lo esperaba; de los viajes inesperados con amigos entrañables; de lo divertidos que se tornarían nuestros jueves de mezcales y canciones; ni de los amaneceres repentinos en medio de tantas noches mágicas; no esperaba, incluso, poder ver una vez más, y en la fila tres, a mi cantante favorito; y mucho menos toparme en la banca de un parque, con la “jermu” que me engaña con la luna (y la revolución que ello implicaría).

Me trajiste tan en chinga, que el ego no tuvo tiempo de jugarme sucio. Y sin embargo, de la nada, cuando yo pensaba que ya no me ibas a sorprender… vaya, ¿qué te digo? Te me plantaste enfrente durante tu último mes, para recordarme, tras una serie de circunstancias y acontecimientos, que siempre es buen momento para replantearnos todo lo que somos, y volver a empezar.

Espero haber sido buena alumna, 2019, entender las lecciones de humildad que me diste y no tener que pasar nuevamente por esos paisajes tan áridos. Aprendí, gracias a ti, que no siempre las cosas dependen del esfuerzo y la voluntad que les pongamos.

Así que confío en que el próximo año haré las cosas mejor, que no perderé mi capacidad de sorpresa, que mi corazón no latirá si no es por corazones que no estén a su altura (que por cierto, es mucha), que no daré nada por hecho, que no perderé mi tiempo con gente que genuinamente no aprecio (ni un Whatsapp, vaya), que alimentaré el cariño de los afectos de siempre, y que nunca más pensaré que ya me sé las lecciones de la vida.

Gracias, por supuesto, a la tribu que a pesar de ti estuvo como siempre tomando mi mano: mis comadres, mi corazón que late desde el otro lado de un mar de cerveza, mi vecino que aunque está cada día más lejos, está cada día más cerca; la tucita viajera y sus historias, mi Cari y su sentido del humor que pega almas rotas, mi par de gauchos incondicionales, la ruedita que siempre gira al revés, por supuesto, mi incondicional Infil; el caballero que en secreto y a puerta cerrada, comparte mis intimidades; mi nada convencional familia -liderada por mi nada convencional madre- y, por último, ese pedacito de amor que anda a cuatro patas pegada a mi 24/7.

Me doliste, 2019, pero, ¿sabes qué? Gracias.

Creo que no lo habría entendido por las buenas.

Felices pasos

Autor: Violeta Verdú

Me gustan los tacones, me gustas tú

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