Te intenté….

Al principio, decía yo, por diversión. Creyendo (ja), que no tenía nada qué perder.

Te intenté porque deseaba intentarte. Lo deseaba tanto que no me detuve a ver que tú no querías que te intentara; mucho menos intentarme.

Y así, desde esa ciega necedad e intentado hacerme creer que solo mi voluntad bastaba, te intenté.

Primero por las buenas. Te intenté con una sonrisa que derrite los glaciares; con actitud, con coquetería. Te intenté intentando que no se me notara el terror que me daba la idea de que tú no me intentaras. Ignoré tus señales y así, sin dejar de pestañear desde la más absurda de las hipocresías, te intenté.

Luego fue por las malas. Te intenté con rabia, con celos, con mensajes que rara vez obtenían respuesta; te intenté con el chantaje, con la furia, con el cansancio. Te intenté desde la más ciega de las necedades.

Y ahí estabas tú, sin mover un dedo (¿para qué hacerlo, si yo me encargaba de realizar todo el trabajo?) intentado aguantar esta pasión mía, esta necesidad disfrazada de amor; intentando tal vez ver hasta dónde llegaban la víctima y el verdugo.

Te intenté después por las peores. Con laberintos llenos de espinas y creyendo que los celos lograrían hacer lo que por las buenas no pasaba. Te intenté entonces en otros labios, en otras camas, en otros amaneceres; te intenté muchas veces esperando que mis ganas de intentar mudaran tal vez de rostro, de olor, de brazos… Y nada, al final siempre volvía a intentarte.

Te intenté con algo parecido al amor, con rabia y con chantaje; con furia, con rencor, con mentiras disfrazadas de verdades; te intenté con lágrimas y risas. Con azúcar y sal. Te intenté convirtiéndome en veneno y en el antídoto.

Te intenté y en el camino me abandonaron los amigos, las sonrisas, me abandonaron la dignidad y el amor propio; me abandonó la risa del espejo y me dejaron sola los amaneceres que tanto me gustaban, el olor del café de la mañana; las películas de Woody Allen; te intenté hasta que mi música se convirtió en un eco vacío y repetitivo, te intenté hasta que cada canción me recordaba que por mucho que intentara, nada iba a cambiar.

Y aún así yo quería seguir aguantando. Vi cómo mi ideal de hombre se transformaba en algo más cruel, más malo, vi cómo cada una de las características que me hacían querer intentarte se desvanecían. Pero yo, yo estaba empeñada en seguir intentando.

Te intenté al punto que me inventé mis propias señales; me conté mis propias historias y justifiqué, primero tu indiferencia y después tu odio porque en mi película, lo que ambos merecíamos era que yo te siguiera intentando. Contra viento y marea, contra mí misma; contra todo.

Te intenté hasta el punto que ya no quedaba nada de mí. Ya no había fantasía con qué crear historias; ya no había trucos bajo la manga, ya había pasado la primavera, se habían secado los ríos; ya habían salido del capullo las mariposas.

Te intenté tanto y de forma tan tonta, que nunca puse atención a lo que tanto me habías intentado decir: que tú no tenías el menor interés en que te intentara.

Y entonces, te dejé de intentar cuando me di cuenta que ahora sí, ya lo había perdido todo.

FELICES PASOS

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