No todos los amores son eternos

Si me dieran un peso por cada ocasión que he escuchado decir, principalmente a mujeres, que “ahora sí encontraron al bueno”, mi futuro estaría más asegurado que el del nuevo titular de la Comisión de Cultura (sí, sí, ése que tiene una bolita que le sube y le baja, ¡ay!).

Perdón… todavía no supero el chiste del día; pero volviendo a lo que nos ocupa: la mayoría de las mujeres, y uno que otro caballero que se han cruzado por mi camino, tienen una idea tan romántica, tan mágica y fantástica del amor que creen que con solo cruzar una mirada, ya iniciaron el camino hacia el altar, hacia las toallas bordadas con sus iniciales, y hacia esa vida feliz, libre de drama, con la que sueñan desde tiempos remotos.

Ya a estas alturas no tengo claro si lo que está mal es el concepto; es decir: si tenemos demasiado prostituido el término amor, y deberíamos de reservarlo, como ese vino cosecha especial, para momentos especiales; o si, por el contrario, el vocablo amor es tan amplio y abstracto que no basta con encerrarlo en “Y vivieron felices para siempre”. FIN.

Lo que sí tengo claro, es que en esta idealización de las relaciones, hay muchas personas que van brincando de una a otra, convencidas de que “éste sí es el bueno”; sin siquiera darse un tiempo para respirar de la ruptura de corazón anterior (que, con suerte, tiene una quincena), y salen corriendo a buscar un galán (o galana, pues) sustituto de la película romántica. Viven/vivimos/hemos vivido con la idea absoluta de que cada persona por la que nos sentimos atraídas es sin duda, el amor de nuestra vida.

Y luego, por supuesto, al primer “croac” que lanza el príncipe en cuestión, ahí va de nuevo nuestro pobre y maltrecho corazón, cargado de cicatrices, a pasar otra etapa de dolor para caer, una quincena más adelante, de nuevo, en la trampa de su propio pensamiento mágico.

Mi amiga Mariana es tan adicta a eso de encontrar al bueno, que, lo juro, y juro que no hay una sola gota de exageración o fantasía en lo que voy a decir, se ha atrevido a asegurarme que ahora sí encontró a ese hombre perfecto, caballeroso, guapo, estable, que le da su tiempo y su libertad, que la deja ser como es, sin siquiera ¡conocerlo en persona! Basta con que ésta tenga un Match en Tinder para que ya se jure casada y pasando sus días en la Toscana al lado de ese tipo que de momento se llama “Chuy_33”.

Y Mariana no es ni remotamente una chica fea, ni insegura, ni tonta: es una realizadora de cine talentosa, apasionada de sus propias ideas, fiel a sus principio, viajada, leída… lo que mis tías llamarían “un buen partido” (término que a título personal detesto, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión); y sin embargo, es tan víctima de sus fantasías amorosas que le basta un guiño para creer que éste sí es el gran amor de su vida.

Y aunque pareciera que ya dije lo peor, pues no, el panorama siempre puede ennegrecerse más: Mariana, con su gran carácter, se ha perdido de grandes historias (no sé si de amor, pero historias padres) por andar brincoteando en su nube de fantasía. Nos conocemos desde tiempos remotos; hemos convivido siendo solteras, teniendo novios, y viajando juntas, siendo protagonistas de nuestras propias aventuras; solo que en mi caso, a diferencia suya -tal vez por aquel desencanto de los cuentos de hadas que alguna vez narré en este espacio- mis historias de amor han sido lo que han sido, y han durado lo que han durado.

No voy por supuesto a dármelas de la gurú que todo lo sabe: por supuesto que me he dado de topes, me han roto el corazón y por supuesto que alguna vez he visto cruzar el umbral de la puerta a ese sapo con traje de príncipe que me dejó rotos el ego, el corazón y las expectativas. De eso, gente, nadie se salva.

Pero de lo que sí he estado a salvo es de estar creyendo que cada sonrisa será la sonrisa del hombre de mi vida; tal vez también porque el desencanto me llegó joven, aprendí mal y pronto que uno no puede andar creyendo que todos nuestros cruces de caminos serán nuestras grandes historias de amor.

Hay amores que duran dos besos de mezcal en la barra de un bar; algunos aguantarán hasta el café de la mañana y algunos otros durarán unos cuantos orgasmos de encuentros casuales; hay amores que duran alguna borrachera y poco más; o par de estaciones de trenes en un viaje lejano; hay amores que sirven para hacernos reír, para ayudarnos a reparar los corazones rotos; hay amores que nacen de la soledad, del interés, de la frivolidad incluso; y no sé,  insisto, si se les pueda llamar amores; pero sí sé que si nos aventuramos en los caminos de la noche por el simple hecho de vivir alguna historia romántica, debemos ser muy precavidos y no creer, desde el minuto uno que ahí está el sístole de nuestro diástole.

Hay amores de los que uno no se enamora… y en el mejor de los casos el otro tampoco y se van después de uno o varios amaneceres despidiéndose y tal; hay amores incluso que duran un periodo de tiempo aceptable pero que no logran compenetrar en una intimidad de pareja, esa intimidad maldita que no tiene que ver con sexo sino con cómo se ven, qué se dicen desde el silencio, cómo se pelean, cómo se miran y cómo van tejiendo sus propios códigos para decirse de una y mil maneras no verbales, cuánto se quieren.

Y para que eso suceda, en la gran historia de amor hace falta un ingrediente fundamental: tiempo. Las grandes historias de amor no son inmediatas, no son el rush de un amor prohibido de par de meses, ni la emoción del amor de verano; las grandes historias de amor se cocinan a fuego lento.

(De la paciencia, el respeto, la paciencia, la comunicación, la paciencia, la pasión, la paciencia y demás, luego hablamos).

Escribo esto pensando en todas las historias de amor fugaces de las que he sido protagonista y de las cuales nadie ha salido lastimado, y pienso, y espero, que tanto Mariana como el resto de las chicas que sueñan a cada segundo con encontrar “al bueno”, se den la oportunidad de disfrutar una historia de 12, 24 o 48 horas con alguien que tal vez no llenará sus días, pero puede endulzarles un capítulo de la serie de su vida; sin pensar en nada más. ¿Por qué no?

 

FELICES PASOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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