¿A quién le importa el qué dirán?…

A mí. A ti. A todos.

Esa premisa que nos repetimos en la adolescencia, (“la gente me señala, me apuntan con el dedo, susurra a mis espaldas y a mí me importa un bledo”),que habla de nuestra rebeldía, ese actuar sin importar lo que otros digan es una de las etapas que más nos definen y encaminan hacia la vida adulta.

Y, si bien nos va y no pertenecemos al grupo de los que no encajan para nada y que padecen las maldades de los compañeros más avispados (sí, chavos: el bullying existe desde tiempos remotos); crecemos con esa idea de que vamos a nuestro ritmo, siguiendo nuestros instintos y pasiones y que no nos importa que nos juzguen.

Y eso, en parte, es muy saludable porque como dicen, no hay ruta más segura para ser un perdedor, que querer quedar bien con todo el mundo. Es bueno tener opiniones propias, un criterio formado y no formar parte del colectivo de peleles que bailan al son que otros tocan… peeero, tampoco es buena idea caer en nuestras propias trampas de soberbia y creer que la opinión de otros jamás nos hará falta.

Ya después de unos añitos y varios tropezones en esta carretera de la vida, uno entiende que ninguna idea es categórica y radical; y sí: madurar es reconocer que en ciertos casos sí nos importa el qué dirán, pero lo padre de llevarse bien con uno mismo es que puede escoger minuciosamente a quien quiere a su alrededor por si se ofrece un consejo o se requiere ayuda.

Tengo una amiga muy lista, muy talentosa, muy risueña y muy joven. Tanto, que todavía a ratos la inexperiencia de la vida la traiciona y ciertos accidentes cotidianos (como los eternos dramas laborales), la ponen en jaque, y no tiene más remedio que acudir con su amiga mayor (léase, quien teclea estas líneas) para confesarle que sí, que a veces la hacen dudar de sí misma.

Me contaba que en su ambiente laboral hay tanto lío, tantas opiniones y tal desastre que a veces gente que no tiene nada qué ver con su área llega a escupir opiniones al respecto de su trabajo (ja… si eso ni pasa), y luego me dice que se tambalea y que ya después se vuelve a enderezar porque al final, no le importa el qué dirán.

Pero sí le importa. Le importa porque vive en sociedad y porque hay que saber dominar al ego cada día antes de poner un pie fuera de la cama, porque de eso se trata vivir.

Con el paso del tiempo me he hecho mi propia tribu, y su opinión sí me importa porque aunque se trate de gente muy distinta tienen algo en común: siempre quieren lo mejor para mí (y viceversa). Así que, si nos van a importar las opiniones de otros, que sea de aquellos que amamos, admiramos y respetamos.

Y los demás, los demás que aguanten.

Felices pasos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s