El precio de vivir la vida

Conforme pasa los años uno se va quitando ciertos prejuicios que traía en el paquete de llegada a este mundo, heredados por nuestros padres, educación, el contexto y el lugar en el que nacimos, etc.

Y sin embargo, infiero que eso es forjarse un carácter, con el tiempo, nos vamos dando cuenta de que aquello que antes nos parecía escandalizante, ahora no lo es tanto; que aquello que nos hacía señalar a una persona, ahora es hasta cierto punto común; y que es nuestro criterio, el que nos hacemos nosotros, el que manda en nuestras vidas. No digo por supuesto que no tengamos nuestros límites y prejuicios, pero son solo nuestros, los que nos delimitan y los que nos van marcando el ritmo de andar por estos lares.

Lo pensaba porque el otro día, mientras bebía mezcales con mi círculo cercano de amigas, y charlábamos de la vida y sus truculentos caminos, caí en cuenta que todas reconocimos haber hecho algo de lo que jamás nos creíamos capaces.

Todas, en algún aspecto de nuestra vida decidimos romper el molde, cargar con las consecuencias que ello implica, y ostentar con más orgullo que vergüenza nuestra propia letra escarlata.

La novela de Hawthorne me atrapó en aquellos años adolescentes cuando la leí, y me generó una especie de miedo e indignación porque, si bien me parecía terrible que una mujer fuera condenada a cargar con la “A” de adúltera, me aterraba enfrentarme sola a la vida y saber que un día podría estar expuesta a llevar mi propia “A”, y ser condenada por el ojo público.

Y,  trampas felices del destino, ahora no solo cargo mis decisiones con absoluto orgullo, sino que estoy rodeada de gente que ha tomado sus decisiones, cometido sus errores, se ha repuesto de sus raspones y sigue andando por esta vida, tal vez con más letras de las que quisiera, pero con menos miedo de dar el paso siguiente.

Todas mis amistades (hombres y mujeres) y yo, tenemos nuestras heridas de guerra, nuestras propias cicatrices de historia y, si algo caracteriza el entorno que me rodea es que a pesar de romper con los paradigmas que nos establecieron, son (somos) personas felices, satisfechas con lo que hacemos, consientes de que no podemos complacer a todos, que intentamos no dañar a los demás, y que vamos, a nuestro ritmo, haciéndonos cargo de nuestras propias acciones, aquellas que años atrás,  nos hubieran llenado de juicio y vergüenza.

Ya sea aquellos afectos que renunciaron a la maternidad o paternidad por pura voluntad; aquella que carga con el estigma de haberse enamorado de la persona ajena; o quien renunció al trabajo ideal (yo misma esta semana tuve qué rechazar dos ofertas de trabajo tremendamente tentadoras por seguir aquí, de necia en lo mío a mi aire, creyendo firmemente que lo que hago vale la pena y, eventualmente me pagará la casa de campo en Oaxaca que tanto sueño) para dedicarse a lo que le apasiona. Quien se cambió de país, de estado civil, de sexo incluso; quien decidió decir “No” a todo para encontrar su propio “Sí”.

Toda la gente que admiro y que me rodea ha tomado decisiones que, en algún momento de la vida lo han colocado en el banquillo de los acusados cuestionando sus valores, su profesionalismo y demás. Mi gente cercana y en especial mis amigas cercanas, tienen su propia letra escarlata. Y a estas alturas, qué gran satisfacción me da compartir mi vida con quienes andan en este camino metiéndose en sus curvas, sus cuevas y sus pantanos. Todos saben que alcanzar la felicidad no es gratis, pero vale la pena.

FELICES PASOS

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