No me salves, apóyame

El desencanto del príncipe rescatador me llegó temprano en la vida. Rondaba los ocho años, cuando llegué con mi libro de cuentos infantiles con ilustraciones clásicas y, al tiempo que arrojé  La Bella Durmiente sobre la mesa, les dije a mis papás que eso que decía ahí era mentira. “¿Cómo es posible que si pasaron cien años, todos se vistan exactamente igual?”.  Mi padre se rió y dijo “no salió feminista la nena”; y mi madre le respondió: “yo creo que heredará el negocio familiar”.  Se refería  a la fábrica de ropa de la que eran dueños y en la cual yo pasaba todas mis tardes de infancia; así que tampoco había qué utilizar mayor lógica para entender por qué el cuento me pareció una mentira, pues mi única referencia de tiempo era, precisamente, el cambio de moda.

Conocí después a muuuchas personas que hacen de su posición de desvalidas su oficio  para subsistir; porque a la gente en general, nos gusta ser héroes, nos infla el ego la idea de ser los salvadores de todas las batallas.

En el caso de las damas – y por favor no se me ofendan porque conozco cientos de casos- aún en estos tiempos les gusta la idea de que el proveedor venga con el mamut a cuestas para alimentar a la familia. Y que además del mamut le den casa, coche, tarjeta de crédito, y todas aquellas cosas que este mundo nos dicta para hacernos creer que somos felices. Y sí, hay un montón de féminas de todas las edades que no se auto proclaman incapaces de valerse por sí mismas porque lo suyo no es el trabajo sino fomentar un hogar feliz. Y he visto señores que, por su parte, aseguran tener una necesidad emocional tan grande, una capacidad de dar amor tan infinita y galáctica que la sola idea de dejar de quererlos un minuto los destroza (saludos a mi ex el boxeador). Son tan sensibles, tan frágiles, tan de corazón abierto que, así tipo Tamagochis, si no los atiendes un ratito les da un ataque.

Y es que sí: hay una invasión tremenda de personas que buscan quién se haga cargo de ellos en lo económico (¿quiénes cambiaron de coche este año porque el ex marido del que se divorciaron hace una década sigue pagando las facturas?),  en lo moral, en lo emocional, en lo sentimental, en lo intelectual (como mi tía que es in-ca-paz de terminar una frase sin decirle a mi tío “¿cómo se llama el lugar este donde…?”, o “¿en qué restaurante comimos ayer?”), e incluso en lo social (levante la mano quién tiene conocidos que no van a las fiestas porque no encontraron pareja); mientras que, por otro lado, también hay una nutrida tribu de gente que se llena las arcas del ego pensando, asegurando y confirmando que sin su ayuda, el mundo de tal o cual persona se derrumba. Salvarlos es su responsabilidad y eso les genera una tremenda satisfacción porque no hay definición más clara del poder que saber que alguien te necesita como si fueras el aire mismo.

Confieso que de toda la vida le he tenido cierta animadversión a ese tipo de gente que anda buscando en el fondo, que la rescaten de sí misma -de lo cual, claramente no hay escapatoria-, y tal vez, ese mismo repeluz me volvió un poco cerrada a la hora de recibir ayuda. Hace par de semanas, durante una noche de copas en el llamado, mi amigo Octavio me regañaba y me decía que debo aprender a recibir favores cuando la situación lo amerita, “porque saber recibir, también es un acto de amor”, me dijo.

Las vueltas de la vida me han orillado a que, por una u otra cosa, he requerido del apoyo de la gente que más me quiere, y me he tenido que lamer el orgullo y aceptarla, aguantándome las ganas de creer que me convertí en la mujer desvalida (e inútil) que tanto miedo me daba ser. Aprendí la lección tarde y ya entendí que recibir ayuda no es malo, y que por el contrario, vale la pena rodearte de quien te puede apoyar, antes de quien pretende salvarte. Porque el apoyo, es empatía, y quien te salva, siempre creerá que le debes la factura.

Agradezco tener gente que me lo hace ver y sobre todo agradezco que a estas alturas de mi vida, aún quedan cosas por aprender.

FELICES PASOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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