La prueba de amor que sangraba

La primera prueba había sido solo una cucaracha, pero al segunda era mucho más sangrienta.

Estábamos de fin de semana en la casa de campo de mis amigos, tomando vino, viendo el atardecer, comiendo tapas  y pasta casera, olvidándonos del mundanal ruido; cuando justamente el ser vivo que probablemente más me ama en este mundo (siempre le digo a mi novio que con que me quiera la mitad de lo que ella me quiere, ya la hice) decidió que era buen momento para dejar a mis pies el pequeño ratón moribundo que cargó durante media hora en el hocico, luego de cazarlo estratégicamente.

El grito y la repulsión se vieron opacados cuando vi la mirada vibrante y entusiasta de mi Gretta, la pequeña perrita que acompaña mis mañanas y mis noches, quien me ofrecía con todo el amor del mundo su más grande tesoro: un ratón silvestre destripado.

Cuando vi que nuestra apacible comida corría peligro, agarré el cadáver que yacía sobre mis pies y me lo llevé lo más lejos posible, al último rincón del campo para que nadie corriera el riesgo de que su sandwich de salami se volviera a arruinar. Pero, perseverante como es ella, no pasaron ni quince minutos cuando volvió aún más contenta con el cadáver del ratón desenterrado en el hocico (parecía la mascota de Stephen King).

Una vez más lo arrojó sobre mis pies, ahora lleno de tierra, moviendo la cola y esperando con toda ilusión mis muestras de agradecimiento ante su tremenda hazaña. Básicamente, Gretta llevaba toda la tarde al acecho de su tesoro para llevármelo a mí.

Ese bicho destripado y sangrante es tal vez la más grande prueba de amor que he recibido de alguien que vive por y para hacerme feliz mientras es, obviamente, el último regalo que quisiera recibir.

Pienso en eso cada vez que en nuestras relaciones cotidianas vivimos una constante frustración porque la personas o las personas que amamos no son como nuestras expectativas dictan: no nos llaman cuando queremos, no nos dicen las palabras que esperamos escuchar, no nos dan los regalos que quisiéramos, ni nos dedican las canciones que tanta falta nos hacen. No, no siempre tienen las palabras adecuadas y eso curiosamente, no significa que nos quieran con todo su corazón.

Si no, pregúntenle a mi adorable perrita quien lleva toda la temporada de calor cazando cucarachas para dejármelas en mi almohada cada vez que un ataque de amor la invada.

Piensen en eso la próxima vez que alguien intente demostrarles su amor, aunque no sea como lo visualizan.

FELICES PASOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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