A veces, un piropo es un piropo

Vivimos en un mundo alerta, estamos enojados, siempre al pendiente; debe ser, posiblemente un mal de las grandes ciudades.  Y no digo que seamos paranoicos, o tal vez sí, pero motivos no nos faltan, más si somos mujeres.

Es verdad: hay tanto pinche loco suelto que debemos tener cuidado con el acoso en todos sus sentidos, porque hay una jauría de sicópatas que creen que por el simple hecho de ser hombres tienen el derecho de hacer cuanta barbaridad se les venga en gana ante una figura femenina. De que los hay, los hay, y de que merecen el peor de los castigos, también es verdad.

Pero, lo cierto es que también hay otro tipo de hombres. Y a veces tenemos la suerte de toparnos con ellos en el camino. Como le pasó a ella aquel día que no era jueves y que no estaban precisamente en un bar.

Era viernes por la tarde-noche y el caos vial en el aeropuerto de aquella gran ciudad parecía no tener fin. La fila de los taxis era un gran dragón amarillo que se movía con una lentitud insoportable.

Ella venía de un viaje de negocios de Las Vegas y llevaba ya media hora detenida en medio de la nada esperando un milagro; él,  estaba recién llegado de Cartagena de Indias aunque en realidad provenía de París, su país natal.

“La fila del Taxi se me hará más larga que el mismo vuelo, chica linda”, le dijo él a ella mientras fisgoneaba a la chica que estaba delante suyo. Ella, casi en automático se puso en alerta y sí, algo de miedo casi imperceptible pudo haber percibido, pero levantó serenamente la mirada.

Él era un tipo atractivo, con aspecto un tanto desgarbado pero muy interesante; entrado en años, algo canoso y con una loción de notas amaderadas, le contó a ella que estaba de visita en América para promocionar su primera novela escrita en español. Él y ella se pusieron a charlar; él la piropeó, y en medio de la plática, les hicieron saber que, debido a un accidente en la avenida más cercana, no habría servicio de taxis las próximas horas.

La mayoría de la gente sintió que era el fin del mundo pero para él y para ella, no fue más que un golpe de suerte. Entraron de nuevo al aeropuerto, se sentaron en cualquier barra de cualquier bar y pidieron algo para tomar y hacer tiempo.

Aunque hacía calor eligieron vino tinto y en esa barra se contaron su vida brevemente: nombres, datos generales, pasiones, etc. El tráfico en la ciudad terminó casi al mismo tiempo que la última copa de vino.

Al día siguiente, fueron al cafecito que estaba en la esquina de casa de ella para seguir con su vida: él iría a una reunión del círculo de escritores y ella a una comida familiar. La pasaron bien, sonrieron, se besaron. Ninguno de los dos insistió en tener contacto ni en extender historias; él le dejó una copia de su libro firmada en el buró.

Ella recordó que a pesar de que el mundo está lleno de gente terrible, también hay gente que solo tiene la intención de decir un piropo y ver qué dicta la noche y qué dictan las circunstancias.

Ambos se perdieron la pista, pero se recuerdan con cariño. Vaya suerte la suya

Felices pasos

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