¿Para qué sirve el fracaso?

Tengo fobia a los gatos, a las inyecciones  y al número 13 (no me juzguen, soy loca pero no peligrosa). Creía, tonta de mí, que nada más en la vida me podía generar semejante sensación de pánico hasta que hace muchos años,  mis días estuvieron marcados por una serie de fracasos recurrentes, tanto en materia personal como profesional, que me hicieron plantearme seriamente, que no había una sola razón válida para que me apasionara vivir la vida.

Ahí descubrí que el pánico de las agujas entrando en mi piel no era nada, comparado con esa sensación de fracaso que me se apoderaba de mí en cada paso que daba. Pero no nos pongamos filosóficos, ni nos planteemos qué es el fracaso o qué es el éxito porque la discusión sería eterna y lo más probable es que todos tengamos razón.

Me refiero al fracaso en un sentido más práctico: me refiero a dar lo mejor de ti, a esforzarte, a hacer las cosas bien, de manera clara, honesta, comprometida, echarle ganas, pues… y aún así, obtener exactamente el resultado contrario a lo que esperabas.

El fracaso va íntimamente ligado a una terrible causa de frustración y, en los casos más graves, a crisis económicas, depresiones, dramas familiares y un largo etcétera de túneles fríos y obscuros donde pareciera no llegar la luz jamás.

Y es que con eso de que nos han vendido siempre que el mundo se divide en buenos y malos, en justos e injustos, en de izquierdas o de derechas (‘orita que tan caliente anda el tema), en que si te portas bien te va bien y si no el karma te lo cobra; en Luis Migueles y Luisitos Reyes… pues nos resulta terriblemente frustrante y desconcertante asumir que fracasamos cuando técnicamente no hicimos nada para merecerlo.

Y no digo, por supuesto, que la gente que pone su alma y corazón en un proyecto, negocio, carrera o relación personal, se merezca que le vaya mal nada más porque sí.  A veces hay factores, es cierto, a veces no contemplamos ciertas cosas o se nos pasan por alto detalles que nos habrían ayudado a amortiguar el chingadazo, pero aún tomando toda clase de precauciones, es muy probable que tarde o temprano un día nos toque hacer parada en la árida, húmeda y fría estación del fracaso.

¿Y para qué sirve, entonces? Para aprender, supongo; para madurar, descubrir de qué estamos hechos, pulirnos hasta tener una versión más correosa de nosotros mismos… para muchas cosas que no entenderíamos si no conociéramos el lado B de la vida.

Pero fundamentalmente, a título personal, creo que el fracaso sirve para recordarnos que estamos vivos, no solo que estamos en este plano de tiempo y espacio, sino vivos con las tripas, la cabeza, el ego mismo y el corazón. Del fracaso se pueden decir muchas cosas, pero hay algo indiscutible: el 100% de la gente que ha fracasado es porque tuvo el valor de intentarlo.

Que da miedo, sí; que se siente feo, también; pero una vez que hemos superado el primer resbalón de nuestra vida, estamos listos para volver a intentarlo una y otra vez, y las que sean necesarias para poner en práctica todo el aprendizaje y sonreír cuando lleguen las mieles del triunfo. No hay de otra, chavos.

Felices pasos

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