La jubilación de Cupido

Estaba el otro día de vacaciones con el co-autor de mis suspiros quien me apuraba desde el auto con cara de pocos amigos, y con una mirada que claramente decía: “Si no sales en tres segundos te lanzo a lo más profundo del Cañón del Sumidero” (juro que eso decía).

Obvio, ese señor me quería ahorcar porque íbamos ligeramente tarde… pero íbamos ligeramente tarde porque yo estaba empacando los frasquitos del baño, revisando que no se quedara nada en los clósets y, co-mo-siem-pre, rescatando el cargador del celular que el Don Quijote de esta Dulcinea había olvidado.

Subí al auto y él me gruñó, y luego yo le gruñí, y acto seguido nos pusimos a cantar canciones de nuestro playlist de carretera, mientras veíamos el precioso paisaje de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y sus alrededores.

Y mientras, entre música, risas y gruñidos veía a ese señor manejar, pensaba en que, en algún momento, en alguna otra caseta de carretera, o en una estación de cercanías, o tal vez fue en una terminal de aeropuerto, o quién sabe, probablemente en la puerta de mi departamento, no supe cómo ni cuando, Cupido nos abandonó.

Yo digo que el enamoramiento es esa etapa que cuando llega a su fin, hace que nuestro príncipe azul empiece a adquirir un tono verdoso (o que a las princesas, en su defecto, se les caiga la corona y empiecen a hacer “croac”).

Como sea, y aunque no es tan bonito, también es verdad que el gran reto de las relaciones empieza ahí, cuando Cupido se va a atender otros match de Tinder y nos deja víctimas de la realidad y sin el velo del enamoramiento, sin el rush del principio, con la pasión más apagada, y con el desencanto que nos deja producir menos serotonina que cuando nos llegó el flechazo.

Hablaba de eso anoche con una amiga, comentábamos cómo hay gente (muuucha) que confunde el enamoramiento con amor, y el amor con desamor; ambas conocemos montones de personas que van de una relación a otra, de un rush a otro, y a la primera que al amanecer, el mal aliento de la persona con quien comparten la cama los toma por sorpresa, deciden que como ya no sienten tan bonito como antes, es hora de decir adiós.

Y yo, humildemente, creo lo contrario; creo que el amor que echa raíces empieza precisamente cuando Cupido se va, cuando ya se conocen los demonios, las mañas y las neurosis de cada uno, cuando ya no es tan bonito que el otro tenga el control remoto todo el tiempo, que deje las puertas de los muebles abiertas, o su ropa interior colgada en la ducha.

Ahí, sin filtros de Instagram, es donde uno puede plantearse si en realidad esa persona es a la que quiere más allá de las noches, y si es por quien vale la pena domesticar los demonios, controlar el ego, y el instinto asesino cada vez que deja levantada la tapa del inodoro.

Hay quienes creen que el amor se acaba cuando Cupido se retira, yo creo que es Justo entonces cuando empieza (si es eterno, o no, ya es otra historia).

Felices pasos.

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