Domesticando al ego

Unas amigas tienen un amigo que me odia.

Me odia en un punto que todos estos años, cuando hemos llegado a coincidir en reuniones, basta con que yo abra la boca para que él gire los ojos hacia arriba y mire al cielo esperando que un rayo me parta (cosa que, bendito sea, todavía no ha sucedido, y esperemos que siga así).

Tras varios añitos de hacer bilis por el simple hecho de tener que compartir el mismo plano de tiempo y espacio conmigo, hace un par de semanas, al calor de unos tragos, se dio valor para expresarme su antipatía. Cosa que, cabe destacar, probablemente me merezca, por aquello qué pasó cerca del 2012 y que les relato a continuación:

– Es que, Violeta, nadie me había ignorado como tú. Te invité a salir más de cinco veces, te insistí en distintos planes y nada, jamás me pelaste porque tenías el corazón roto por culpa del músico aquel.

– Sí a todo -argumenté-, estás en tu derecho de creer que soy lo peor, mamona e insufrible porque jamás acepté salir contigo. Solo que, como mera aclaración: no acepté tus invitaciones porque tuviera el corazón roto, sino porque, sencillamente, jamás me interesó salir contigo.

¡Zaz!

El amigo de mis amigas hoy me odia un poquito más que ayer, y lo tengo bien merecido (creo que hasta gusto me da).

¿O qué le hace pensar a ciertos hombres que estamos obligadas a quererlos y que son tan perfectos que no tenemos derecho a rechazarlos? 🙄

Felices pasos

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