No puedo sola

Resulta que el otro día por un mero accidente -por no decir chingadera- del destino, acabé platicando con una chica, probablemente de mi edad, si acaso par de años menor, que desde el minuto me mostró sus credenciales: fundamentalista-luchona-proguerreras-loshombresapestan-yononecesitoanadieparacomermeelmundo.

Ignoro, por supuesto, sus circunstancias de vida, de hecho, afirmo que las seguiré ignorando porque nuestra “amistad” duró dos mojitos y una vasijita de cacahuates enchilados que me engullí a la velocidad de la luz para poder huir cuanto ante del discurso que esta chica, apenas haberme dicho su nombre me empezó a soltar: que ella estaba mejor sola en la vida y que tenía la capacidad de proveerse a sí misma de todo lo necesario y que, palabras más palabras menos, todo aquel que quisiera ofrecerle cualquier cosa, se la pelaba porque no había más fan que ella de ella y háganle como quieran.

Mientras me contaba su decálogo de ella contra el mundo, un caballero  tuvo a mal, percatarse de que mi saco había resbalado del respaldo de mi silla y, lo digo en serio, amablemente lo levantó para dármelo y avisarme que lo colocaría de nuevo en su sitio. Y nuestra guerrera lo vio con aquella mirada fulminante y le dijo, sencillamente, que no nos molestara.

Pero conforme la plática siguió transcurriendo, al tiempo que yo pensaba en cómo castigar a la amiga que me había llevado con semejante personaje, me di cuenta que su discurso no iba solo en contra de la figura masculina sino de todo aquello que la rodeaba: que si su roomie, su mamá, sus compañeros del trabajo.

Pensaba entonces, de vuelta a casa, en cómo últimamente adquirimos una idea y la convertimos en algo tan sesgado que nos vuelve radicales y nos convierte en dueños de juicios absolutos (ya no digamos en la política, que ya ven que la cosa anda que arde), sino en prácticamente todo.

Es verdad que pertenezco, no sé si a la generación, o al grupo, o al sector, o a lo que sea, de personas, en este caso mujeres, que por circunstancias ha aprendido a hacerse la vida sola, que me he forjado un camino propio y me he tenido que reponer de varios raspones… pero de eso a que crea que todo lo puedo hacer sola y que no necesito a nadie para nada, pues no, tampoco.

Me he ido moldeando con el tiempo, tal vez. Es cierto que, en un estricto sentido, para vivir solo necesito aire, sueño, agua y alimento; pero eso no significa que no sea una persona que vive en sociedad y que disfruta de las cosas buenas que convivir en manada deja. He aprendido, con el paso de los años, que todas las cosas, buenas o malas, son mejores si se comparten; y no hablo necesariamente de una pareja (aunque sí, cuando la dopamina toca a la puerta, hay que reconocer que eso del romance y la compañía de alguien nos viene muy bien), me refiero a todos aquellos afectos y compañeros de viaje que se vuelven parte del día a día.

No me gustó el discurso de esta chica guerrera porque yo no pienso así, yo creo que, si bien, me considero mi mejor compañía, también soy una gran versión de mí misma cuando me rodeo de amigos, cuando juego con mi perra, cuando organizo los jueves con mis comadres, cuando festejo los cumpleaños de quien quiero, cuando lloro con mis hermanos, cuando platico con mi mamá, cuando le pido ayuda a mis vecinos, cuando saludo al señor de la farmacia, cuando pido apoyo con algo que no entiendo, cuando confieso que estoy triste, o cuando me reconozco muy feliz, cuando quiero compañía un sábado por la noche y tengo un número qué marcar, un mensaje qué enviar y una copa para chocar y brindar por la maravilla de estar vivos y estar, además, rodeados de personas que nos ayudan a ser lo que vamos siendo en el camino.

Hace no muchos meses, cuando desde las tinieblas toqué fondo, toqué también el timbre del departamento cinco de un edificio color vainilla que está a una cuadra de mi casa. Llegué con uno de mis más grandes amigos y le escupí todos los demonios, problemas y miedos que me atormentaban. Reconocí que no podía sola con todo, pedí ayuda y la encontré. Fue justo con él con quien cené el viernes pasado y le volví a decir que no podía sola, aunque esta vez me refería a las tres bolas de helado artesanal que me coqueteaban en el plato.

No se trata de necesitar, ni de depender de otros para todo, se trata de agradecer que vivimos en este mundo, en una sociedad y que, en compañía, el mezcal sabe mejor.

FELICES PASSOS

2 comentarios sobre “No puedo sola

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