Diálogos mínimos con mi ex

Al muy incauto le dio por buscarme y ante mi silencio, se atrevió a seguirme hasta el bar donde estoy como cada jueves, con algunos de mis afectos más cercanos.

Ver, ya sin el velo de Cupido (o el bicho que sea que me haya picado cuando me dio por enamorarme de semejante esperpento hace casi una década) a ese personaje, me hizo sentir una mezcla de vergüenza, risa, y chirris de asco.

Quién me iba a decir que a aquel que me había roto el corazón, hoy lo iba  a ver con tanto repeluz.

“Por favor, mi nena, dame la oportunidad de demostrarte que ya no soy el imbécil del 2009”, me dijo mientras intentaba tomarme del brazo.

“De eso estoy convencida”, le respondí (y el pobre en ese instante, lo juro, estaba a punto de sonreír), “sé que hoy, eres el imbécil de 2018, con tus nueve años más de práctica”.

Y es así como se deja un ego por lo suelos (perdón, no puedo ser una santa 24-7); juro que después, me bebí el cocktail más dulce de toda mi vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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