Por un libre derecho de mandar todo a la Chingada

El año pasado decidió sacar mi vida a dos personas que había sido parte de mi historia durante muchos años. No hice ningún asalto mayor, tuve una conversación profunda conmigo misma, evalué mis motivos y decidí que no me gustaría seguir compartiendo escenario con ninguna de las dos.

Después hiciste lo que un amigo llama “fade out”, que es, nada de todo. No puse cosas en Facebook, mucho menos eliminando, no di aviso, no dije, ni hice, nada. Sólo callé. Y el silencio, como sabemos ya todos a estas alturas, es un gran mensajero.

Por supuesto que no tengo las dos cosas y cada una reaccionó a su manera. Ambas, amigas mías de tiempo atrás, se ofendieron y de una u otra forma me hicieron lo suficiente. Y tenían razón.

Una de ellas me lo reclamó varias veces por las buenas y por las malas y me insistió en que las explicara por qué nos veíamos tan poco. Y tú pensaba, “¿qué puedo contestarle que valga la pena?”.

En realidad mis razones son muy malas, ninguna de las dos es nada, ni tengo nada qué reprocharles; simplemente, por la manera en la que ellas ven la vida ahora, me di cuenta que ya no había nada que compartir. Por el contrario, me percaté de que el tiempo nos convertía en personas tan distintas que las defendían todo aquello que a mí me ofende. Nuestra manera de ver la vida, de pensar, nuestros conceptos sobre las relaciones, la familia, el dinero, todo se volvió a preguntar. Y finalmente, el amor, y el cariño entre dos personas, es más que una cadena de pequeñas afinidades, y si un día, no hay mucho por hacer.

Me di cuenta, claro, de que fui tachada como la villana de la historia, la mal agradecida, la ingrata, la mala amiga que traicionó un código de lealtad que, al parecer y sin yo saberlo, era un pacto eterno. Y yo entonces me preguntaba, ¿por qué?, ¿por qué se nos recrimina tanto querer dejar todo atrás, o querer dejar algo que no nos hace felices?

Vivimos en un mundo donde por un lado, todo es inmediatez y todo se resuelve o se tuerce en 140 caracteres, o menos, pero dejar algo atrás es prácticamente pecado. Un trabajo que te hace infeliz, una mala relación –recuerdo que una conocida me dijo hace no mucho que odiaba a su pareja pero llevaba ya diez años aguantándolo y prefería seguir así que empezar de cero porque al menos con él ya tenía experiencia- o una serie de amistades que te resultan tóxicas porque sí, porque tal vez fuimos nosotros quienes cambiamos, somos nosotros quienes no somos los mismos de antes y cada quien evoluciona a su manera, pero tomar otro rumbo pareciera prohibido.

¿Es en serio una traición? Yo creo que no. Por el contrario, creo que es más traición quedarnos atorados años en un sitio donde no estamos cómodos y, ojo, no digo que debamos tener tolerancia cero y que al primer desacuerdo con alguien salgamos corriendo. Digo que es válido salirse de algo que ya no nos va en la piel. Y eso incluye, por supuesto, relaciones de pareja. Incluye irse de la vida de alguien y no quedarse sólo por temor a que los hijos sufran, o por miedo a que nuestra pareja se vaya al hoyo y luego estemos cargando culpas (bien decía mi abuela que los primeros que llegan al infierno son los chantajistas), o incluye renunciar a un trabajo que nos chupa el bienestar sólo por asegurar la quincena. El mundo, es un mosaico de opciones, y es verdad que para cambiar de rumbo se necesita de cierto valor, pero creo, humildemente que siempre vale la pena.

Habrá quienes piensen que hice mal, pero me gustará más práctico, alejarme sin darme una explicación porque las circunstancias, pensé que dijeles a estas amigas que su manera de ver la vida me resultaba repulsivo, y que me daba pena, que era lo que era convertido, acabaría siendo peor. A veces, opino, es mejor irse pecado aspavientos y no olvidar que a la chingada, se manda con elegancia. Sin dramas, sin gritos, y con la firme convicción de que uno está haciendo lo correcto, sin necesidad de herir a los demás. ¿Es pecado? Creo que no (o al menos, que he cometido pecados peores).

Felices pasos

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