El diablo tiene cara de Whatsapp

Puede pasar una noche cualquiera: te metes en la cama con tu pijama favorita, una suave brisa entra por la ventana, la luna brilla, te dispones a seguir leyendo ese libro que no puedes soltar (La ridícula idea de no volverte a ver de Rosa Montero, por ejemplo) y cuando todo es paz…  Aparece primero como un sonido familiar (seguro es otra de tus amigas que está en líos), así que tomas el teléfono móvil para responder de mala gana y ¡PUM! Ahí está. Invadiendo tu alma, sacándote de tu paz, haciendo que avientes el libro y te incorpores en la cama, tomes aire, sueltes el celular como si fuera una tarántula (no temas, a todas nos ha pasado) y con miedo… no, no digo miedo, con pánico vuelvas a tomarlo y releas de nuevo la pantalla.  #elinfelizmaldito aquel te envió un mensaje. Y la verdad, es que lo sigues odiando por dejarte botada durante tu fiesta de cumpleaños y reconoces, con todo el dolor de tu corazón, que odiar a alguien significa sentir “algo” por él. Y entonces lo odias más.

Un alma sensata no haría caso y dormiría en paz pero, a ver, chicas Cosmo, que levante la mano el alma sensata que esperaría toda la noche para leer el mensaje. Pues no… si acaso cuentas los segundos esperando que él esté offline para ver qué fregaderas dijo ahora.

Y luego de que lo lees, e independientemente de lo que dijera, desde “hola”  hasta “princesa, ¿dejé mis Converse negros en  tu casa?”, puedes darte por poseída. La paz se fue y ahora eres un costal de nervios porque ese inofensivo mensajito acabó con tus nervios.

Otros casos son, por ejemplo, cuando tienes una conversación de 10 minutos por whatsapp con un tipo que te jura y te perjura que fue tu amante y tú, por más esfuerzo que haces no logras recordarlo (eso le pasó a la prima de una amiga, ooobviooo) y cuando te manda su foto para que lo ubiques te acuerdas que es el que encabeza tu archivo de “Cómo me atreví” pero dos años más viejo, gordo y calvo, y entonces sientes como si ese chat te espiara y él pudiera ver tu cara de susto y entonces mueres de pena y no sabes cómo salir de la situación.

O, en otro bonito caso de “poseídos por el whatsapp” está el sicópata stalker que decide escribirte mañana, tarde y noche y tú intentas ser al principio educada, luego tajante, luego fría y por último quisieras ser un asesino serial para que ese tipo con el que NO HAS ENTABLADO LA MENOR CONVERSACION te deje en santa paz.

Y por último, en un ambiente más agradable pasa que cuando te resignas a que el galán de tus sueños es tan tonto que no ha caído rendido ante tus encantos, justo cuando estás con una mascarilla hidratante en el rostro o peor aún, en plena sesión de depilación láser…. Llega, cargado de luz, el mensaje que dabas por perdido hace ya casi un mes: “Hola”. Y ese “hola” basta para que se te manifieste taquicardia, sudoración, te tiemblen las manos y empieces a dar vueltas como lagartija tratando de ver qué contestar, cómo contestar y cuándo contestar.  Considérate afortunada si el mensaje no caerá mientras te pintas las uñas de las manos.

Total que en todos los casos anteriores el diagnóstico es el mismo: se trata de almas poseídas por una fuerza oscura y sobre natural que parece  ser más poderosa que todos los Lannister juntos.

La buena noticia es que, para todos los casos existe un exorcismo: si la historia va bien, pues adelante y que viva el amor. Eso sin olvidar que el whatsapp es un medio de comunicación y ni remotamente, la única manera en la que un hombre puede llegar a nosotras.

Y si de plano el chamucho ya nos invadió  y acaba con nuestros frágiles nervios, siempre está la opción de bloquear a ese mal ser que insiste en sacarnos de nuestra paz. Como todo en la vida, sólo se requiere de un poco de voluntad para lograrlo.

Felices pasos

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