Más alto que mis tacones

¿Cuántas horas caben en 50 días? (disculparán que no haga la cuenta pero soy pésima en matemáticas)… sólo sé que caben muchas. Bueno, pues durante 50 días, me dediqué a planear el primero de los muchos encuentros románticos que me esperan con ese galán de con-cur-so que conocí en Europa.

Después de que mi príncipe de cuento se dedicó a hacerme sentir su compañía a pesar de la distancia, y haciendo ambos maromas para estar en contacto, por fin me dijo qué día cruzaría el mar para venir a verme. Tenía 50 días para planearlo todo: había que bajar la lonja que seguramente se manifestaría con las fiestas navideñas, había que planear qué lugares visitaríamos, a dónde nos iríamos de fiesta con los amigos, y lo principal: Cómo serían nuestros encuentros románticos.

Mi ejército de amigas y amigos, fieles y locos, hicieron cada uno lo propio y me apoyaron en cada plan: comprar ropa sexy, pensar en sitios de comida perfectos, organizar el trabajo para tener tiempo disponible, alguna escapada a la playa, tener mi casa impecable, practicar algunas recetas para cocinarle y, fundamental, crucial, vital, esencial: escoger un par de tacones súper sexys para cada día que estaríamos juntos.

Nada, absolutamente nada podía salir mal. A pesar del nervio, confirmé que todo era perfecto apenas lo vi salir de la puerta E3 del aeropuerto y durante los primeros cinco segundos supe que estoy haciendo lo correcto, en el momento correcto. No suelo enamorarme fácil, y quienes me conocen lo saben, pero esto, esto era como estar embrujada.

Así que la bruja embrujada y su guapo galán agarraron camino de inmediato con una emoción de esas que parecen necesitar un cuerpo extra porque se derraman. Previa advertencia, el príncipe teutón me había advertido que lo mataba la curiosidad por ir a probar comida mexicana así que de inmediato fuimos a esa famosísima taquería que está en la Condesa.

Entonces

Tacos √

Cervezas √

Paseo por la Colonia √

Derroche de felicidad √

Luego de caminar por la colonia (previo cambio de tacones por zapatitos flats, pues soy chica precavida y no me iba a arriesgar), tomados de la mano, como si copiáramos todas las escenas cursis de todas las chick flicks  filmadas desde el origen de todos los tiempos, y listos para ir a nuestro nido de amor; no me pregunten cómo fue, ni cual fue el motivo del diablo para aventarme, pero esta linda y sexy enamorada que, BTW, NO TRAIA TACONES (y lo más fuerte que había bebido era tres vasos  de agua de horchata), metió el pie en un agujero callejero y…. Oooh sí, pasó eso que todos temen: azotó como vaquilla en el ruedo: una pierna al hoyo, la otra al frente, vestido corto hecho pedazos, media rota y rodilla sangrante.

Y como si todo lo anterior no fuera suficiente, la cenicienta cayó con dos pies y se levantó con un pie izquierdo y una berenjena por pie derecho… una cosa divina.

Lo que siguió es que llegaron a casa y el sexy galán corrió al frigorífico… no por la champaña que llevaba días enfriándose, sino por una bolsa de chícharos congelados que de inmediato puso en la pata-berenjena de la princesa-vaquilla.

He de confesar que los gritos que di esa noche, fueron por razones no planeadas. Al día siguiente, mi whatsapp era un hervidero de mensajes frustrados donde mis amigas y amigos se daban de topes y pedían a los dioses del Olimpo que volvieran el tiempo atrás porque ESO no me podía estar pasando en ESE momento.

“Es como si te hubieran metido cinco goles en el minuto uno del partido”, me dijo el Infiltrado, que compartía mi frustración.

Nuestra bonita excursión al centro de la ciudad se cambió por una ruta a la sala de emergencias de un hospital… dos horas después, la berenjena tenía una férula y el diagnóstico: usarla tres semanas, más dos de rehabilitación y después de dos meses, probablemente pueda volver a calzar tacones.

Es, probablemente, de las cosas más frustrantes que me han pasado, pero dadas las circunstancias, el perfecto galán y yo decidimos que sólo había una cosa qué hacer: pasarla bomba a pesar de las circunstancias. Y sí, sin zapatos altos, y con ciertas incomodidades, pasé una de las semanas más felices de mi vida.

 

Entendí entonces, que a pesar de mi metro y medio de existencia, lo único que puede ser más alto que mis tacones es la voluntad y actitud de querer pasarla bien y, por otro lado, la fortuna de compartir mi vida con un hombre que tiene más actitud que guapura (y miren…)

 

Así es esto de los agujeros de la vida y la menar de afrontarlos

 

Felices pasos

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