Los dont’s de mi abuela

Se llamaba Aída y hay quienes dicen que a pesar de sus circunstancias, y de las pocas posibilidades que tuvo en la vida, era una mujer muy adelantada a su época. Hasta la fecha, mi tía dice que es mucho más conservadora que su madre; y cada vez que la rebelde de la familia (la loca que vive sola, que renunció a un matrimonio para convertirse en la persona que quería ser, y que muchos llaman “la dama mal portada”) hace de las suyas, mis tías no pueden más que rezongarme: “¡qué horror, saliste a tu abuela!”.

La historia de vida de Aida es un tema como para novela romántica, pero hoy quiero centrarme en algo más: Con esto del re ajuste de roles que hombres y mujeres hemos jugado en la sociedad los últimos años, el tema de las relaciones es un lío que nomás no logramos descifrar.

Cuando las mujeres ya tenemos resuelta una parte del rompecabezas, llegan los del sexo opuesto y nos dan las piezas repetidas, o de otro color; o peor aún: nosotras mismas decidimos que por ahí no y desarmamos todo. Y entonces, en estos tiempos en los que las princesas se salvan solas de los dragones, todo es desconcierto para ambos equipos de juego.

Los machos rescatadores ya no hallan en dónde poner el camión de agua porque no hay incendio, mientras que muchas de nosotras, tan confundidas como ellos, adoptamos un rol de casi hombre y transmitimos erróneamente el mensaje de que no necesitamos nada de nadie… hasta que, el galán en cuestión no nos vuelve a llamar y ahí se nos acaba la independencia y el “me vale todo” y estamos llorando igual que mi abuela un siglo atrás.

Tal vez las mujeres no usamos los mismos canales para mostrar nuestras necesidades afectivas, pero eso no significa que no las tengamos. Es decir: una chica puede ser, por ejemplo, directora de la revista femenina más leída del mundo, puede tener una colección de zapatos que es la envidia de un ciempiés, puede viajar por el mundo, y estar escribiendo esta historia mientras la lluvia le indica que es hora de estrenar esa gabardina que tanto le gusta, peeero… eso no quiere decir que no se derrita si el guapo galán que ahora le roba el pensamiento, le manda flores.

Y entonces, aunque la comunicación sea otra, volvemos al punto de partida, y yo vuelvo a ser aquella niña a la que su abuela le contaba cuáles eran las reglas que regían su poco ortodoxo corazón.

  • No salgas con un hombre que no se arregla para la primera cita.
  • Olvídalo si se expresa mal de su pareja anterior.
  • Tal vez tú tengas dinero para pagar la cuenta… pero deja que él lo haga.
  • Los que no son buenos hijos o buenos padres.
  • Si no te abraza mientras caminan por la calle, olvídalo.
  • Si habla de su trabajo como si lo odiara… ¡corre!
  • No importa que viva en el otro lado del mundo. Siempre puede mandarte flores.
  • Si te interesa, no te acuestes con él en la primera cita.
  • Si no te interesa, acuéstate con él en la primera cita.
  • Si tiene “mamitis”, lo que busca es una mamá, no una pareja.
  • Sólo piérdete por el amor de un hombre que locamente perdido de amor por ti.
  • Cocínale pero recuérdale que lo haces porque te gusta, no porque sea tu obligación.
  • Bajo ningún motivo dejes de ver a tus amigas cuando te enamores.
  • Hazle saber que lo amas, pero que si él se fuera, tu mundo no se caería a pedazos.

No importa la época, no importa si antes eran palomas mensajeras y ahora es whatsapp. Al final, todas queremos lo mismo y mi abuela, al menos, lo tuvo siempre muy claro.

Felices pasos.

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