Si todos te miran

Clásica escena de un viernes por la noche. Pero no un viernes por la noche cualquiera sino ése en que los astros de la belleza, la figura, el outfit y la luz se alinearon y sabes que te ves espectacular. No es vanidad. Lo sabes. Y sabes también que no siempre es así (porque la verdad, chicas, a todas nos pasa que ciertos días nos sentimos como del casting de Orange Is The New Black), pero ese viernes bendito hasta el peinado decidió quedarse en su lugar.

Así estaba yo aquel viernes: brillaba; aunque tal vez, más allá de mis tacones rojos y mi look “trashy-chic-”, tenía que ver el hecho de que iba a salir con un hombre que no es, definitivamente, un hombre cualquiera. Era ese hombre que uno se pregunta dónde había estado todo este tiempo; ya saben a cuál me refiero, ¿no? Bueno, pues ahí vamos el bombón y esta servidora y nos metemos a un bar de esos que tienen una barra enorme de madera, que tiene un toque old fashion precioso y en el que sirven, claro está, buen mezcal.

Nuestra mesa quedaba al final de la barra así que caminamos de la mano y sin ninguna prisa por todo el bar. Una vez sentados, y mientras yo babeaba al verlo (pero ¡shhh!, no le digan) el galán me soltó la siguiente frase: “¿has visto que eres la mujer más observada de todo el bar?”. Y la chica de los tacones rojos aterrizó de golpe sin entender bien lo que pasaba, y , a decir verdad, un tanto asustada. Más fácil: me convertí en Dory la de finding Nemo: “¿qué? ¿yo? ¿quién? ¿por? ¿dónde? ¿qué pasa?”; y entonces el rorro, con bastante dulzura me dijo, “nada, linda, que eres la mujer más observada del bar. No hay un solo hombre que no se te quede mirando”.

No digo que no me haya pasado antes (este espacio es alérgico a la falsa modestia), sólo digo que de verdad, estaba tan clavada en lo mío, que ni siquiera me percaté. De verdad estaba yo volteando a un lado a otro, cuando mi acompañante me echó otra joya: “pero bueno, dijo, eso me deja muy bien parado, básicamente, soy el hombre más envidiado aquí”. Y sonrió.

Fuera de que no le presté mayor importancia al asunto, vinieron después a mi mente dos hechos de mi pasado (justo cuando se me aparece el diablo y me dice: “¿ya sabes de qué va tu próxima columna?”, y yo quiero salir corriendo). Uno es que hace años tuve un novio que, si bien no era mal tipo, no era definitivamente el hombre para mí. Nunca casteó para ser eeeeel amor de mi vida entre otras cosas porque sus celos eran los reyes de arruinar el momento. Pensé qué hubiera pasado de haber entrado al bar con aquel muchacho y la respuesta era obvia: pleito. Además, pleito conmigo porque otros me estaban volteando a ver. Y recordé después a una ex amiga con quien tuve una relación corta y que no prosperó, entre otras cosas, porque, guapa como se sabía, tenía adicción por llegar a los lugares de la mano de un galán y esperar a ser el centro de atención de las miradas para, acto seguido, coquetear y sonreír con cuanto pantalón se le atravesara, menos con el incauto que la acompañaba.

No sé nada de mi ex novio, y de la ex amiga, tampoco… afortunadamente.

Porque la verdad, a las mujeres nos encanta que nos echen flores pero conozco muchas a las que se les pegan los cables y les gusta sentirse halagdas, no para valorar el piropo en si, sino por coleccionarlos como si fueran estampitas o trofeos.

A mí, francamente, no me interesa. Sé lo que es un piropo masculino, sé lo que es llegar con mi amiga Ari a un restaurante y que el tipo de la mesa de al lado me regale una flor sin siquiera preguntar mi nombre. Se siente lindo, sí; pero más lindo se siente encontrar un hombre inteligente que agradece que otros volteen a ver a su chica. Si ese es su caso, les recomiendo que lo cuiden, lo respeten y lo valoren.

Esa noche entendí por qué estaba con él; sin celos, y sin telarañas. Esa noche me sentí afortunada y lo agradecí. Esa noche, me fui a dormir con una sonrisa en los labios.

Felices pasos

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